¿Qué era y qué es una noticia?
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Una noticia es una pieza de información sobre una novedad reciente y relevante. Lo de reciente, en teoría, es objetivo. Sin embargo, lo de relevante tiene su miga. Hay una decisión del redactor, primero, y del editor, después, que le filtra al lector lo que es relevante. Lo que le está permitido conocer, si nos ponemos duros.

O lo poco que llega a conocer, porque son pocas las noticias que leemos con atención, y no muchas más las que pasamos del título y el antetítulo. La redacción del titular es, de hecho, la elección más importante para presentar una noticia.

La tercera decisión sobre las noticias es cómo se cuenta. Me atrevería a afirmar que los hechos fríos son importantes para una minoría menguante. Parece que la mayoría los quiere trufados con opinión, cuando no con soflama, que les confirmen en sus visiones o en sus prejuicios.

Qué se decide contar, cómo se titula y cómo se cuenta acaba conformando, noticia a noticia, una parte decisiva de la visión del mundo y de la ideología de los ciudadanos. Los que leen periódicos de una tendencia no se acaban enterando de lo que no cuentan “sus” periódicos, y lo que ¿conocen? está decisivamente condicionado por las decisiones de los dueños de “sus” periódicos.

Así las cosas, antes de la Internet madura aquí acababa la historia. Un perfil importante de la población conformaba su visión del mundo mediante la lectura de un número reducido de periódicos de gran tirada.

El panorama ha cambiado radicalmente en los últimos años, aunque seguimos bajo el sesgo a menos que nos resistamos: si no hacemos el esfuerzo de leer distintas cabeceras y comparar, “nuestros” periódicos seleccionarán qué es relevante para nosotros, encabezarán cada noticia tratando de provocar en nosotros una reacción determinada y desarrollarán esa reacción con la forma específica con la que nos contarán la noticia.

O, últimamente, la “noticia”. Por ejemplo, en esta eterna y cansina campaña electoral, “nuestros” periódicos nos han llegado a presentar lo que un político de menos de 40 años opina sobre Laudrup como noticia merecedora de portada. La enorme suma de este tipo de “noticias” me ha llevado a asumir que quienes las lanzan (una gran cantidad de medios) quieren que esos políticos sean noticia de forma constante, y si no hay noticias relevantes, no les queda otra que hacer relevante lo irrelevante.

El cambio revolucionario se debe a dos factores:

  1. Internet permite la existencia de un número mayor de medios de comunicación. No hablemos ya de los millones de blogs o los zillones de timelines de las redes sociales. No, la bajada de costes que supone la publicación online es tan brutal que, junto a las cabeceras tradicionales, han surgido unas cuantas decenas de cabeceras online, los llamados ‘confidenciales’. Estas nuevas cabeceras han logrado captar un número significativo de lectores tomando decisiones radicales sobre lo que cuentan, sobre lo que no cuentan y sobre cómo lo cuentan. Siendo como soy lector de algunos de estos confidenciales, no dejo de reconocer que exacerban la tendencia previa de privilegiar la opinión sobre el hecho. La radicalidad de las decisiones editoriales obedece a que la competencia por la atención y el tiempo del lector es cada vez más dura, pero de ello resulta una radicalización de visiones del mundo que tiene que preocupar a las personas mesuradas.

  2. Internet permite a los usuarios comentar las noticias. Esta participación da un nuevo valor radical a la información, y dejando aparte modas estúpidamente soberbias de negar el pan y la sal a los comentaristas porque “son incontrolables”, lo cierto es que los comentarios están para quedarse. Y lo están porque una mayoría de los usuarios redondeamos la noticia con las opiniones que comparten otros usuarios al final de las mismas.

Los comentarios abren una nueva y poderosa vía de manipulación y conformación de las visiones del mundo, las ideologías y los prejuicios. Al asumir que estos comentarios son de otros lectores y no del medio, es tentador bajar la guardia y leerlos como quien escucha una inocente conversación en un bar. Precisamente por ello, quien puede pagar y/o organizar a grupos de comentaristas profesionales o al menos dedicados invierte un esfuerzo significativo en comentar el número suficiente de veces como para tratar de conformar una opinión mayoritaria sobre la noticia. Nuestro humano gregarismo va a tentarnos a aceptar esa opinión mayoritaria, sobre todo si no choca con nuestra visión del mundo. En algunos casos, puede que hasta nos haga cuestionarnos una parte de nuestras creencias. Si mantener activos a los convencidos ya es un valor, la posibilidad de que una parte de los lectores cambien de opinión es lo suficientemente importante como para invertir muchas horas/hombre y mucho dinero.

Mejor aún, es barato. Si un medio online es mucho más barato que uno tradicional por los recursos que necesita para llegar a la población, y porque menos periodistas lo mantienen con sueldos cada vez más magros, aún es más barato pagar a unas pocas personas para que comenten las noticias. Tan barato, que a veces es gratis: un número reducido de profesionales puede dedicar su tiempo a activar a un número mucho mayor de activistas voluntarios, que donan su tiempo y esfuerzos a “la causa”. Los comentaristas organizados y pagados parasitan los medios online: no tienen que pagar a un redactor para que prepare la noticia, sino que por mucho menos dinero obtienen un efecto en el lector comparable a la noticia, si no mejor.

Efectos mejores: reforzar decisivamente una noticia favorable, o compensar una noticia desfavorable a la que los lectores de la misma cuerda se hayan “atrevido” a entrar. Evidentemente, será raro que los comentaristas de signo opuesto influyan a un lector, pero será hasta previsible que refuercen las convicciones de los de la misma cuerda.

Lo más triste y preocupante de todo es que tanto lo antiguo como lo nuevo, tanto la noticia tradicional como lo que ha cambiado por medio de los comentarios, están primariamente dedicados a conformar corrientes de opinión y visiones del mundo. La competencia por captar la atención, primero, y la convicción, después, es más fuerte que nunca. La aparición cada vez más frecuente de “noticias” inanes y hasta absurdas para mantener a ciertos políticos en el centro de atención constante se me ha reunido con la creciente agresividad y frenesí de actividad de las “brigadas de Internet” en la sección de comentarios, y el resultado es preocupación y sensación de asfixia acumulada.

Cada vez tengo que hacer más esfuerzo para filtrar y descartar los esfuerzos de manipulación. He ido renunciando a distintas cabeceras por no soportar más esta manipulación, y el tiempo disponible me lleva a leer portada y titulares de los medios que comparo.

¿Para qué seguir luchando? ¿Para qué penar por esta jaula de grillos que es la información contemporánea? Si mi trabajo me obliga a mantenerme al día sobre ciertas áreas, no ocurre otro tanto con mi vida personal… salvo porque tengo que estar preparado para identificar y trazar las opiniones de mi entorno hasta el origen manipulador. Me tienta cada vez más seguir el consejo de Nassim Taleb y renunciar todo lo posible a los periódicos, porque mi tiempo es crecientemente limitado y me agota tener que luchar contra este estado de cosas.

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